PARA
MUCHAS PERSONAS LO "QUÍMICO" ES SINÓNIMO DE CONTAMINANTE, DAÑINO O
PERJUDICIAL
ANTES
DE COMENZAR debo hacer una confesión: yo con la química llevo una
relación pasional, una de esas relaciones que oscilan entre el amor y el odio. La quiero
porque me ha enseñado a maravillarme con los secretos de la transformación de las
sustancias, pero la detesto cuando me habla en clave, cuando me llena la memoria de
símbolos y fórmulas. Me la comería a besos cada vez que me sorprende con la síntesis
de un nuevo material y me fascina su persistencia por develar la identidad de las cosas,
pero me saca de quicio su obsesión por los detalles y me atormentan las catástrofes que
se producen cuando alguien abusa de ella o la trata de manera poco cuidadosa.
Sentimientos
contradictorios
Creo que a la mayoría de la gente también la inundan sentimientos contradictorios cuando
escucha las palabras química
o producto
químico.
Por una parte, ya sea de manera consciente o inconsciente, los productos de la química
nos encantan. Por ejemplo, todos saltaríamos de gusto y de emoción si mañana nos
anunciaran que ya se sintetizó un fármaco para curar el cáncer o que se desarrolló un
medicamento que controla definitivamente el desarrollo del virus que provoca el sida.
¿Quién se atrevería a negar que la síntesis de antibióticos, analgésicos,
tranquilizantes, y hasta del famoso Viagra, nos ha cambiado la vida? También es cierto
que millones de personas se benefician cada día con el incremento en la producción de
alimentos debido al uso de fertilizantes y plaguicidas desarrollados por los químicos.
¿Y qué decir de los plásticos, los colorantes, las pinturas, los cosméticos, los
aditivos alimenticios, las cerámicas? A ver, ¿quién sería la o el valiente que
estaría dispuesto a deshacerse de toda la ropa que esté fabricada con alguna fibra
sintética o que ha sido sujeta a algún proceso químico? "Desde mañana, nada de
poliéster, nailon, rayón o acrilán; nada de pantalones de mezclilla ni otras prendas
coloridas de lana, seda o algodón". Sin embargo, también es cierto que el adjetivo
"químico" o "química" nos asusta; para muchas personas es sinónimo
de contaminante, dañino o perjudicial. Es también sinónimo de artificial, y hoy en día
lo artificial está bastante desacreditado frente a lo natural. ¿Qué prefieres, una
camiseta de poliéster o una de algodón? ¿Qué te tomas, un vaso con jugo de naranja o
una CocaCola? De alguna manera lo químico se asocia con lo artificial y lo tóxico, como
si las sustancias naturales no fueran sustancias químicas y como si todo lo natural fuera
inofensivo.
Entre
la realidad y la ignorancia
Los odios y terrores hacia lo que suena a química surgen principalmente de dos fuentes,
sólo una de las cuales me parece justificada. Por un lado, hay que reconocer que durante
muchos años la industria química mundial ha desarrollado su labor sin preocuparse
demasiado por el impacto ecológico de sus actividades. En algunos casos se han
privilegiado las ganancias económicas sobre la salud de la población vecina a una planta
química; a veces se ha ocultado información sobre la posible toxicidad de un producto o
sobre sus efectos secundarios. También ha sucedido que la prisa por poner a la venta un
nuevo producto impida que se realicen todas las pruebas necesarias para determinar en qué
condiciones es apropiado hacer uso de la sustancia. Sea como sea, cuando se trata de
sustancias químicas las consecuencias del abuso, la negligencia y la avaricia son siempre
desastrosas.
Pero tampoco
puede negarse que parte del miedo nace de la ignorancia. De la falta de una "cultura
química" de la población en general que le ayude a evaluar las ventajas y las
desventajas de usar tal o cual producto químico, que le permita distinguir razonadamente
lo dañino de lo inofensivo y reconocer los alcances y las limitaciones del trabajo de los
químicos. También es cierto que si todos reconociéramos la importancia de tener
conocimientos básicos de química, estaríamos mejor preparados para impedir las acciones
de aquellos que quieran abusar de los productos de la química o defendernos de ellas.
La
imagen pública de la química
Preocupados por esta situación, en la que la química se nos presenta como un ángel o
como un demonio, y en la que la visión satánica lleva la ventaja, los profesionales de
la química en todo el mundo investigadores, maestros, técnicos, industriales
han desarrollado en los últimos años un gran esfuerzo por mejorar la imagen pública de
esta ciencia. Así, se han realizado múltiples congresos, seminarios y pláticas
informales para discutir el tema; en las escuelas se han modificado los programas de
química para hacerlos más atractivos y hacer evidente la importancia de los productos y
fenómenos químicos en la vida cotidiana; también se ha buscado comprometer a las
grandes industrias químicas en la protección del ambiente. Como parte importante de
estas acciones, a finales de 1998 se inició la "Celebración
Internacional de la Química": una gran fiesta mundial con un año de
duración (de noviembre de 1998 a noviembre de 1999), en la que se realizaron cientos de
eventos y actividades en todo el mundo con el fin de motivar el interés de la gente por
esta ciencia, así como establecer y fortalecer los vínculos y la comunicación entre
todas las personas interesadas en la química alrededor del mundo.
En esta celebración participaron diversas organizaciones de más de 115 países, las
cuales hicieron un esfuerzo extraordinario por hacer patentes las contribuciones de la
química a la sociedad. En nuestro país, por ejemplo, la UNAM organizó dos eventos, la
"Expo-Química 2000" y el "Tianguis de la Química", en los que los
asistentes pudieron mancharse las manos realizando experimentos, participar en seminarios
y conferencias, y acercarse a platicar con los científicos y los industriales expertos en
esta disciplina. En otros lugares se publicaron libros y revistas especiales, se emitieron
estampillas postales conmemorativas, se realizaron concursos populares sobre química y se
rindió homenaje a muchos científicos cuyas contribuciones fueron fundamentales para el
desarrollo de esta ciencia.
El
pasado y el futuro de la química
Una éxito importante de la Celebración
Internacional de la Química es que motivó la reflexión colectiva sobre el
pasado, el presente y el futuro de la química. En este ya casi fin de milenio, la
química es una ciencia muy distinta de las prácticas de los alquimistas de los siglos XV
y XVI y seguramente tendrá poco que ver con lo que harán los químicos dentro de
trescientos años. Sin embargo, de lo que los químicos hacemos ahora y de la manera en la
que la sociedad evalúe y se comprometa con nuestras acciones sin duda dependerá lo que
suceda con esta ciencia en el futuro.
Por alguna
extraña razón, hay químicos a quienes les molesta hablar del pasado; lo consideran
demasiado tormentoso y oscuro. A mí, la verdad, me fascina. Los químicos somos herederos
de una tradición milenaria empeñada en develar el secreto de la transformación de las
sustancias. Nuestros antepasados, los alquimistas, persiguieron por más de dos mil años
el sueño de convertir el plomo en oro, pero no para hacerse ricos, sino para
transformarse a si mismos, transformar al mundo y al Universo entero. Su empeño, aunque
haya quien lo niegue, no fue infructuoso pues dio lugar al nacimiento de la química como
ciencia.
La química moderna se consolidó a lo largo del siglo XIX y se benefició enormemente con
el desarrollo de la teoría atómica a principios del siglo XX, de manera que alrededor de
1925 alcanzó su madurez y nos transformó para siempre el mundo. Sólo para dar una idea
de cómo han cambiado las cosas en estos últimos doscientos años, baste decir que a
principios de 1800 los químicos conocían, si acaso, unas 300 sustancias distintas y hoy
se cuentan ya cerca de ¡19 millones! Además, en los últimos cincuenta años este
número ha venido duplicándose en promedio cada trece años, de manera que si continúa
esta tendencia para el año 2050 llegaremos a 300 millones de compuestos químicos
diferentes y a 5 000 millones para el 2100. Basta con suponer que una pequeñísima
fracción de estas sustancias tendrá alguna utilidad práctica para imaginar la
diversidad de nuevos medicamentos y materiales que tendremos a la mano.
La química es
sin duda la mejor herramienta con la que hoy contamos para enfrentar lo que seguramente
serán algunos de los grandes problemas del siglo XXI: la escasez de alimentos, la
aparición de nuevas enfermedades, el agotamiento de las fuentes de energía
convencionales y el deterioro del ambiente. En esta labor, sus alianzas con la biología y
la física serán indispensables. El conocimiento de los fenómenos biológicos a nivel
molecular permitirá, por ejemplo, realizar la síntesis de fármacos específicos para
cada persona, de acuerdo a sus características genéticas particulares, y generar
sustancias que controlen el funcionamiento de las células del cuerpo. La identificación
de la estructura y propiedades químicas de los componentes del código genético de
diversos seres vivos, incluidos los humanos, le abrirá la puerta a la reprogramación
genética como vía para corregir defectos genéticos o para desarrollar cultivos más
resistentes a las plagas o a la escasez de agua. Por otra parte, la comprensión de las
propiedades físicas de las sustancias con base en su estructura atómica dará lugar al
desarrollo de nuevos materiales, que sin duda revolucionarán áreas como la
microelectrónica, los sistemas de almacenamiento y distribución de energía, y el
control ambiental.
ACTUALMENTE
SE CONOCEN CASI 19 MILLONES
DE SUSTANCIAS DISTINTAS, PARA EL AÑO 2050 PODRÍAN SER 300 MILLONES
En el próximo milenio la química también tendrá que desarrollar las armas para conocer
mejor a los monstruos de su presente y su pasado y enfrentarlos. Entre ellos se
distinguen: la destrucción de la capa de ozono por la acción de agentes químicos
generados por los seres humanos y el calentamiento global de la Tierra, al parecer
inducido por el incremento de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera
(resultado de la quema de combustibles como el petróleo, el gas natural y el carbón).
También la esperan con las fauces abiertas los problemas de la alta concentración de
ozono a nivel del suelo y la devastación generada por la lluvia ácida en las grandes
ciudades, fenómenos provocados por las reacciones químicas que ocurren en el interior de
los motores de combustión de nuestros medios de transporte.
Una
población químicamente informada
Pero la batalla central se establecerá sin duda entre el ángel y el demonio. Los enormes
beneficios y avances en nuestra calidad de vida debidos a los productos de la química
siempre tendrán un costo: eso parece inevitable. El reto consiste en desarrollar procesos
que maximicen los beneficios y reduzcan al mínimo el impacto sobre la salud y el
ambiente. También se trata de contar con una población químicamente informada y
educada, que pueda juzgar y tomar decisiones sobre los materiales y sustancias que quiere
utilizar, el manejo de los desechos que genera y las consecuencias de usar tal o cual
producto. Una población cuya voz tenga el peso y la influencia de la razón para evitar
los abusos y la negligencia de los que no entiendan o se nieguen a entender. En fin, se
trata de perseguir un milenio en el que la frase "
eso
tiene química" no invoque a los demonios.

Vicente Talanquer es doctor en
ciencias químicas e investigador y maestro en la Facultad de Química de la UNAM. Es
autor de diversos artículos de divulgación y del libro Fractus, fracta, fractal, editado por el FCE.
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