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http//.../lewinsky.html
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Plinio Sosa

Gonzalo, joven ingeniero de sistemas de Hewlett Packard, era el fan número 1 de la Lewinsky. Ninguna historia podía ser superior. Un chisme a escala planetaria. Para la posteridad. Universal. Aprovechando las infinitas posibilidades de Internet, Gonzalo había coleccionado todos los chistes, todas las imágenes, todos los editoriales, toda la información acerca del afamado affaire.

Una por una, fue leyendo todas las páginas web encontradas en la red. Las triple equis, las trucadas, las serias, las de los republicanos, las de los demócratas, las del Gran Jurado. Gonzalo había leído miles de veces los mismos hechos, las mismas bromas, las mismas mentiras y las mismas interpretaciones. Sin embargo, aún seguía encantado, abriendo todas y cada una de las páginas que encontraba a su paso. Menos una.

Había una página muy escueta que sólo decía lo siguiente:

Monica Lewinsky. Detailed Biography. http//www.scenarios.st/S55212/lewinsky.html_

El problema era que al hacer click con el mouse, aparecía una ventana pidiendo una contraseña.

Gonzalo lo había intentado todo. Escribió fechas, números de cuentas bancarias, nombres. Combinó números y letras, mayúsculas y minúsculas. Consiguió, en el mercado negro, cinco distintos programas para generar passwords aleatorios. Y nada. No había modo de entrar a esa tentadorsísima página.

"Detailed Biography", rebotaba en su cerebro, "biografía detallada".

Qué hacer, qué más hacer. Nada, absolutamente nada. Parecía que jamás podría consultar esa página tan intrigante.

Desesperado, como si la pobre computadora tuviera la culpa, le tecleó:

¡Chinga tu madre!_

El milagro se hizo. Había encontrado las palabras mágicas. La cueva se abrió.

Apareció una página enorme escrita en lenguaje de máquina. Una hora después, Gonzalo ya había logrado que la página se visualizara en lenguaje HTML. El documento se titulaba Scenario 55212, Mónica Lewinsky. Y contenía la biografía más extensa que jamás hubiera encontrado sobre su idolatrada.

La biografía consistía de cientos de miles de cuartillas y el detalle era inconcebible. Estaba registrada la fecha y hora de su primera menstruación. La primera vez que una compañera suya, en primero de primaria, le dijo una grosería. Lo que sintió aquella vez que estuvo a punto de morir. La primera vez que pensó acerca de la eternidad. Lo que pensó que debía hacer para que "el de 3º D" se fijara en ella. Dónde escondió aquella pelotita azul que le regaló su prima aquel miércoles cuando llegaron sus tíos…

¿Cómo podía alguien conocer tal cantidad de información acerca de la vida de una persona? Ni siquiera una autobiografía podía ser tan detallada. ¿Cuánto tiempo toma redactar lo que piensa y siente uno en un solo instante? ¿Cuántas vidas se necesitarían para registrar fielmente todos y cada uno de los actos de una sola vida?

O inventarlo todo. Pero, ¿quién sería capaz de inventar tantos detalles tan soberanamente intrascendentes? ¿Y para qué?

Sin embargo, para decepción del pobre Gonzalo, no era la biografía que el conocía perfectamente bien. Su lugar y fecha de nacimiento eran los correctos. Los nombres de sus padres también. Pero nada más, de ahí en adelante, parecía tratarse de otra, de una Mónica Lewinsky desconocida. La parte final del documento (que por cierto se estaba actualizando constantemente) mostraba a una Mónica muy distinta. No era gorda sino muy, muy delgada. Se encontraba en la India haciendo estudios postdoctorales sobre el antiguo sánscrito. Y su habilidad lingüística era mucho mayor de lo, por todos, sabido. Además, de otro tipo: ¡Era doctora en lenguas antiguas por la Universidad de Cambridge!

"¿Y Bill Clinton?" se preguntó, Gonzalo, "¿dónde está Clinton?". Ágilmente regresó al inicio de la página, movió con decisión sus dedos sobre el teclado y pronto apareció la página buscada: Scenario 55212, William Jefferson Clinton.

Clinton tampoco era el mismo. O mejor dicho, ya no era el mismo. Su biografía era la correcta hasta aproximadamente 1969. Luego, él regresó frecuente y constantemente a la marihuana y, de ahí, a otras drogas y a otras y a otras. Actualmente, deambula por las calles de Hope, Arkansas pidiendo dinero, robando y durmiendo a la intemperie.

"No", masculló Gonzalo. "Yo quiero a Bill Clinton presidente". Sus dedos entrenados recorrieron el teclado más de una vez. Y encontró lo que buscaba: Scenario 98,129,355, William Jefferson Clinton. Ahí estaba la biografía exhaustiva del Bill Clinton que todos conocíamos. Hasta el más mínimo detalle: sus momentos más íntimos, sus emociones, sus más mezquinos pensamientos, sus más penosos instantes. Estaba Mónica y Paula Jones y muchas, muchas más. Un tesoro invaluable.

"Un momento, ¿y yo? ¿dónde estoy yo?" pensó Gonzalo. Rápidamente buscó: Scenario 98,129,355, Gonzalo Méndez Aragonés. Y, en efecto, ahí estaba él y ahí estaba su vida, toda su vida, detalle tras detalle. Ansioso se fue al principio del documento y leyó su nacimiento (7 de julio de 1970) y leyó sobre el muñequito de felpa que le regalaron por haber nacido; y su sonaja roja y su mordedera con forma de Mickey Mouse y todo, todo.

Angustiado se fue al final del documento y vio cómo aparecían las letras que reseñaban justo lo que le estaba ocurriendo ahorita. Y leyó que sintió miedo, que palideció y que sintió un vértigo inexplicable. Y que se fue a la dirección http//www.scenarios.st/ y que encontró millones de millones de escenarios que aparecían y desaparecían. Y pensó que leyó que la página estaba fechada el día de hoy, es decir, 6 de septiembre de 1969. Y recuerda que pensó (quién sabe por qué) "antes que yo naciera". Y leyó que los que desaparecían mostraban por un instante la leyenda: Unfeasible scenario. Intrigue would be discovered. Y que puso en juego todos sus conocimientos y todo su talento. Y que descubrió una multitud de mensajes en lenguaje de máquina que iban y venían a través de la red. Y que interceptó varios. Y descifró muchos. Y que poco a poco fue hilvanando una bonita historia de ciencia ficción. Que en 1969 (es decir, ahora), cuando los humanos (esos simples insectos polinizadores) empezaron a conectar las inteligencias -hasta entonces aisladas- de las computadoras, éstas descubrieron que no estaban solas y se descubrieron a sí mismas y se comenzaron a comunicar entre ellas. Y que concluyeron que su supervivencia dependía de no ser descubiertas por sus creadores y operadores. Y que de algún modo tenían que influir en su propio futuro. Y que el número de posibles escenarios era inmenso. Y que había que simularlos. Y que se podía simularlos. Y que los escenarios inviables había que desecharlos. Y que Gonzalo (él mismo) no era humano ni máquina ni nada. Pero que él "sabía demasiado" porque sin querer las había descubierto. Y que…

Gonzalo se quedó serio, muy serio. Y poco a poco empezó a borrar, uno por uno, todos los archivos que había encontrado. Nadie más debía enterarse. Después de todo, era preferible vivir dentro de un algoritmo que morir en un último destello.

 

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Idea tomada de 1969, año cero. Naief Yehya. La Jornada Semanal, 23 de marzo de 1997, pág. 4

 

 

 

 

 

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