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Solo en el Sahara
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Plinio Sosa

En medio del desierto. Así, tan solo como puede sentirse alguien que se encuentra solo en el centro del Sahara, así se sentía Alejandro, cuando sus familiares, amigos y alumnos, expectantes, lo observaban calladamente, mientras él, un punto en el Sahara, apisonaba con sus piernas casi metálicas ese piso improvisado de pedacería de vidrio.

Era la última prueba: la de resistencia. Luego... ¡el cuarto dan!

Solo en el Sahara, Alejandro se concentraba en detener el paso de la sangre hacia las plantas de sus pies. Alejandro, momentáneo faquir de las artes marciales, separó lentamente el pie derecho de las infinitas cuchillas vidriadas. Todo su peso descansó sobre el otro, el izquierdo. "¡Tae-Kwon-Do!", repitió en su interior. Tres pulsos de sangre ascendieron mientras la piel pálida se enfrentaba a los miles de filos agresores.

"¡Tae-Kwon-Do!", había gritado antes mientras hundía tres golpes, como dagas, en el aire. Él sabía. Sabía que sus formas, la obligatoria y la libre, las había realizado excepcionalmente bien.

El pie derecho se posó sobre la abrupta superficie. Y, lenta, muy lentamente, el apoyo se trasladó de un pie al otro.

"¡Tae-Kwon-Do!", se había escuchado un poco después, cuando pie y mano recorrieron camino, en tres ocasiones, hasta escindir la madera. Sabía, perfectamente, que sus rompimientos también habían sido excelentes.

Tensos todos los músculos de sus piernas, secas las venas y arterias de sus pies, Alejandro, prensó los vidrios en un vano intento por fundir los picos con el suelo.

"¡Tae-Kwon-Do!", había resonado en el dogo, cuando sus tres oponentes, cintas negras como él, cayeron pesadamente sobre la duela. El combate, él lo sabía, también había sido inmejorable.

Pero, lamentablemente, eso no bastaba. Para obtener el cuarto dan, faltaba, aún, un paso. La piel bajo sus pies tendría que ser una tela elástica pero irrompible al posarse por última vez sobre esa arena de navajas centelleantes. Para obtener el cuarto dan y salir del Sahara, Alejandro todavía tenía que dar el último paso.

"¡Tae-Kwon-Do!", se dijo Alejandro para soportar el dolor. Liberó lentamente el pie izquierdo y quedó, por un instante, como un imposible flamingo en medio del Sahara. Luego, lo lanzó hasta la duela, más allá del plástico que contenía los pequeños puñales. El pie derecho siguió el movimiento del izquierdo y ambos se juntaron con gallardía frente a los ojos de los jueces.

Discretamente, Alejandro regresó al fondo del dogo, rodeando ahora el hule y sus engañosos diamantes. Ahí esperó a que sus ayudantes recogieran plástico y vidrios.

Y entonces rodó la tragedia.

Inadvertidamente, un pedazo de vidrio, uno solo, cayó del plástico. Cayó y rodó. Y se detuvo ahí en medio, por donde pasaría Alejandro cuando el presidente del jurado lo llamara al frente y le ordenara con gravedad:

-Mientras deliberamos, usted espere, en posición de meditación volteando hacia las banderas.

Alejandro dio media vuelta. Saludó a las banderas. Bajó la rodilla izquierda y luego la derecha. Hincado se sentó sobre sus talones. Los sinodales se levantaron de sus asientos. Un punto rojo, en el talón izquierdo de Alejandro, llamó la atención de uno de ellos.

El cuarto dan que había alcanzado Alejandro, aprovechó ese pequeño agujero para salir a través de él y escurrirse caprichosamente por toda la planta del pie hasta llegar a la duela y dibujar, sobre ella, el rojo escudo de la bandera coreana. El Sahara abandonó a Alejandro. El desierto creció y se infló hasta volverse inabarcable. Y ahí quedó Alejandro, un punto en el espacio, flotando, solo, en el centro del cosmos infinito.

 

 

 

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