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Una noche mexicana de terror
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Plinio Sosa

¿Es usted casado? Yo sí ¿Tiene usted hijos? También. ¿Como podría entonces negarles, a sus encantadores descendientes y a su amantísima esposa, el gusto de asistir a la celebración del inicio de la independencia que se conmemora cada año en Coyoacán?

Usted podría argumentar que hay demasiada gente, pero... bueno, de eso se trata, ¿no? O, quizá, que es muy probable que llueva, que se pueden mojar los niños, que quizá se enfermen. Pero ¿qué tiene? Siempre llueve, ¿no? Además no hay que ser aguado. Los niños lo van a recordar toda su vida. Quizá no recuerden quién fue el cura Hidalgo, ni cuál era el nombre del virrey en esa época pero, eso sí, jamás olvidarán el ambiente y la diversión en un 15 de septiembre.

Sí, no hay más. Tiene usted que ser solidario con la familia. No debe ser usted tan aguado. ¿Con qué derecho priva usted a sus hijos del contacto con una de las pocas tradiciones que todavía sobreviven en México? No hay de otra, habrá que ir al Grito a Coyoacán. Total, subirse al coche y junto con todos los mexicanos gritar vivas a nuestro entrañable país. Llegar a Coyoacán y reir y cantar. Y aventarnos huevos de confeti. Cohetes no porque es peligroso. Ni las espumas tóxicas que se acostumbran. Pero confeti, sí. Y, luego ir a casa de mi suegra, ver el grito en la tele y después degustar un exquisito pozole rojo con su lechuguita, su chilito y eso sí, indispensable, su oreganito.

Así pensé y así me di valor. Salimos de nuestra casa rumbo a la de mi suegra cerca de las diez de la noche, acompañados de una ligera pero prometedora llovizna. En el programa de la noche estaba escrito que haríamos sonar el claxon al unísono con los otros diecinueve millones novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y seis habitantes de la ciudad mientras agitábamos nuestras banderas tricolores al son de "Mé-xi-co-ta-ta-tá, Mé-xi-co-ta-ta-tá".

Emocionado, lancé los primeros tres claxonazos. Silencio. Nadie respondió. Volteé hacia mis hijos a ver si me hacían segunda. Silencio. Jamás había yo visto niños tan quietos y tan bien comportados. Parecían más la momiza que yo. Volteé hacia mi esposa y ella muy propia, tomó una de las cornetas de papel que traíamos para la ocasión y con gran suavidad y dulzura emitió un pequeño "tut".

Pensé en un sonoro"¡Viva México, cabrones!". Me salió un tímido, autocensurado y tipludo "¡Viva México!". Tres transeúntes debidamente engalanados con sombreros de copa tricolores me dedicaron una mirada entre fría e impersonal. Me sentí el más ridículo de los mortales. Esperé algún comentario, una ironía, algo. Silencio, otra vez. En cualquier velorio había más desenfreno que en ese coche, en esa esquina.

Desconcertado y confundido seguí manejando. Durante los siguientes cinco minutos no pronuncié palabra alguna. Entonces, mi mujer rompió el silencio: "¡Caramba!, -dijo- se me olvidaron los impermeables, ¿cómo no pensé que podía llover?". Yo quedé más desconcertado aún. En todo el día, no había dejado de llover ni un minuto. "¿Cómo no sintió la lluvia?", pensé.

A un lado, había otro coche con otra familia igual a nosotros. E, igual que nosotros, nadie gritaba, nadie hacía sonar el claxon, nadie echaba porras y nadie hablaba. Adelante igual y, atrás, lo mismo. Todos muy serios y callados. Como un inmenso cortejo fúnebre que ocupaba toda la avenida.

Treinta minutos después habíamos ya recorrido los ocho kilómetros que separan nuestra casa de la de mi suegra, que vive en pleno Coyoacán. Guardamos el auto, conseguimos unos impermeables hechizos para los niños y partimos gustosos a disfrutar de la alegría y el goce de la fiesta popular.

Durante tres cuadras caminamos, en absoluto silencio, con la vista clavada en el pavimento, tratando de ignorar la pertinaz lluvia. Luego, una cuadra antes de la Plaza de Coyoacán nos topamos con un improvisado acceso formado por dos patrullas atravesadas. Al acercarnos, inmediatamente una vigilante se aproximó a nosotros. Antes de que yo pudiera reaccionar, la vigilante pasó por la báscula a... ¡mis hijos!. Sí, no a mí, ni a mi esposa, no. A mis hijos, uno de diez años y la otra de siete. Rápidamente buscó entre sus chamarras, la droga y los cuernos de chivo. O el pomo, al menos. Al no encontrar nada se dirigió a mi esposa, quien amablemente mostró la inocente bolsa de plástico donde llevábamos los inofensivos huevos de confeti que eran la ilusión de mis hijos. La dama sonrió satisfecha mientras tomaba la bolsa. Mi Comandante en Jefe trató de reclamar, de impedir lo que nos parecía un robo (de unos cuantos centavos pero robo al fin). Imposible, otro vigilante tomó la bolsa y sin ningún miramiento aplastó nuestra diversión dentro de la bolsa de plástico. Mientras tanto, adelante y atrás de nosotros, unos alegres muchachos se encargaban de hacer muñecos de nieve con todo patriota que se atreviera a ponerse a su alcance.

Tristes quizás, un poco frustrados, tal vez, pero finalmente llegamos a la plaza. El ambiente era insuperable. Gente por todos lados, música de mariachi en vivo. Jóvenes divertidos yendo y viniendo. "Finalmente tanta tribulación había valido la pena", pensé.

Entonces, se soltó un aguacero torrencial.

Volvimos a nuestra posición original: encorvados, mirando los innumerables ríos de lluvia sobre el pavimento que desorientados zigzagueaban en todas direcciones. Arriba de nosotros, estaba la mexicanísima iluminación y los adornos multicolores. Nada podíamos ver pero sabíamos, eso sí, que todo eso ahí estaba.

Fugazmente atravesamos Coyoacán, en busca de un atajo hacia la casa de la suegra. El ambiente no podía ser mejor. Agua arriba y agua abajo. Agua por todos lados. Y la temperatura de la fiesta era verdaderamente especial: ¡cerca de 5 grados centígrados!

Éramos como maíces nadando en un gigantesco pozole ártico.

No hay mal que dure cien años. Algún día tendríamos que llegar a casa de mi suegra. Y ese día nos secaríamos, nos cambiaríamos de ropa y, luego, nos recompensaríamos con un delicioso y humeante pozole.

Llegamos finalmente. Ateridos, con dolor en los huesos, encogidos, un poco disueltos pero, bueno, finalmente llegamos. Ya secos y cambiados todavía nos quedaba un último placer por intentar: la ingesta del pozole.

Y ahí estaban todos los platos servidos. Las tostadas, la lechuga, el chile piquín y el orégano esperaban a ser servidos. Cada quien se preparó su pozole a su gusto. Unos con lechuga, otros sin ella. Unos con piquín, otros sin él. Pero eso, sí, todos le pusimos mucho orégano.

¿Orégano? Esto no huele a orégano. Huele más dulce.

"Mamá -escuché decir a mi esposa- ¿quién puso la hierbabuena donde el orégano?".

 

 

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