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Vanidad
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Plinio Sosa

Cuando iba a cruzar la calle, dio media vuelta y, sin más, le aplicó un puntapié al primer edificio que encontró. El inmueble se tambaleó unos instantes y, poco después, se desplomó.

Entonces, caminó al edificio de a lado y le asestó un puñetazo. La enorme construcción se dobló sobre sí misma y cayó.

Cruzó la calle y se recargó bajo el pórtico de una casa. Miró a los lados disimuladamente, levantó el brazo derecho y le dio un codazo a la columna principal. La estructura gimió. El acero y el concreto no soportaron el golpe. Detrás de la columna, el resto de la casa se vino abajo.

Así siguió por toda la calle, dando puñetazos, patadas, cabezazos; tirando escuelas hospitales, oficinas. De ahí se fue a otra calle y luego a otra y a otra, hasta recorrer toda la ciudad.

Al otro día, en cuanto se levantó, fue a comprar el periódico. Vio entonces lo que había hecho la noche anterior. El diario mostraba un sinfín de fotografías. Se sintió orgulloso.

Tan grande era su satisfacción que no reparó, hasta tiempo después, en el titular, a grandes letras, de la primera columna. Al leer la palabra "terremoto" se reprochó su estúpida vanidad: jamás debió haber dejado en pie el edificio de la prensa.

  

 

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